Estrecho de Drake

Publicado: 9 abril, 2006 en Textos

  ESTRECHO DE DRAKE

Por Fabrizia Iranzo Imperatori (Escritora suiza radicada en Buenos Aires de 1996 a junio de 2004. Este cuento pertenece a la antología gótica CUENTOS DE OSCURAS MEMORIAS (Buenos Aires, Caligraphix Editores, 2002)

 
 El tiempo estaba incierto; el sol no alcanzaba a atravesar las nubes. Ella sentía frío. Aquella mañana no era como las otras y ella lo sabía. Su dueño, la noche anterior, se lo había advertido. Hacía ya más de treinta años que ella le obedecía sin pronunciar palabra. Se había encariñado con ese viejo grosero. Nadie en la isla comprendía la relación entre ellos. Se murmuraba que el viejo, luego de la muerte de la mujer, había perdido la razón. En realidad, la gente no sabía que el viejo marinero había tenido en su vida dos grandes amores: su mujer y ella.

      Ella era de dimensiones modestas: ni demasiado grande, ni demasiado pequeña. Sólo tenía un defecto, era lenta. Podía navegar casi todos los mares sin problemas. Cuando se movía sobre el agua, era delicada; no conocía los movimientos bruscos y repentinos. Consideraba al viento y al mar sus aliados. No podía decir lo mismo del sol; sus rayos le arruinaban la pintura y obligaban a su patrón a pintarla de nuevo.

      Aquella mañana no era como las otras y ella lo sabía. Su dueño la había barnizado completamente el día anterior. Por suerte, el sol había decidido no resplandecer y ella se sentía tranquila. El viejo la alcanzó. Ella no hizo ninguna pregunta según su costumbre. Se miraron intensamente y el viejo dejó caer algunas lágrimas que la mojaron. Eran amargas. Eso no prometía nada bueno. Las lágrimas del viejo solían ser dulces.

      La barca empezó a navegar. Una leve brisa acariciaba sus caderas y movía los cabellos de su patrón. El mar estaba calmo. Ella no conocía el rumbo, pero tenía un mal presentimiento. El viejo, esa mañana, no le había dirigido la palabra; ella no sabía cómo hacer para despertarlo de ese entumecimiento.

      Navegaron durante muchas horas. La barca estaba cansada, pero el viejo no cedía, quería seguir. El mar empezaba a agitarse, como siempre pasaba cuando se acercaba la noche. Ella no entendía la razón de aquel viaje. Estaban en mar abierto; a duras penas habían cruzado el Estrecho de Drake y se acercaban a la Antártida. La  barca  sabía  que no resistiría la fuerza de ese mar; no lo conocía como a los otros, nunca lo había navegado. De pronto no vio más a su patrón. Reapareció tambaleándose. Seguramente estaba borracho. Había abandonado el timón. Ella no resistía las corrientes de ese mar. El viento trataba de ayudarla, pero la fuerza del mar era más potente. Sentía que iba a la deriva. La impotencia se apoderó de ella. Estaba furiosa. Después de tantos años, su viejo la abandonaba así. No lo podía creer.

      El mar la hacía tambalear de un lado a otro, sin tregua; ni siquiera podía llorar. Sentía que sus maderas crujían; se estaba rompiendo. El viejo se sentó cerca del timón; sollozaba desesperadamente. La barca se llenaba de agua cada vez más. Ella divisó, lejos, un enorme iceberg; estaban por chocarlo. Levantó los ojos al cielo, los cerró y se abandonó.

      Hace dos semanas que el crucero ha salido de Noruega. Ahora se encuentra cerca del Estrecho de Drake, listo para cruzarlo y llegar a Ushuaia. De pronto, el capitán vislumbra un objeto aprisionado entre dos enormes icebergs. Decide acercarse con un bote. Nunca, en toda su vida, ha visto una escultura tan perfecta; parece una barca congelada. En ella, perfectamente esculpido en el hielo, está sentado un viejo marinero.

 

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